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El suelo sabe más que los hombres.
Guarda el rastro de pasos,
el eco del arrastre,
la humedad espesa del final.
Los cuerpos cuelgan
como frases inacabadas,
alineados, silenciosos,
esperando que alguien los lea
sin querer entenderlos.
La luz cae amarilla y cansada,
no ilumina:
vigila.
Y en medio,
un animal camina sin saber
que ya pertenece al pasado,
rodeado de futuros idénticos,
apilados, sin rostro.
Aquí la muerte no grita.
Trabaja.
Se organiza.
Se repite.
Y todo sigue funcionando
con una precisión impecable,
como si nada esencial
acabará de perderse.
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