top of page



No hay nombre.
Solo cifras impresas como un pulso artificial,
un número que no recuerda
ni el barro,
ni el temblor del primer aliento.
Fue cuerpo antes de ser código,
piel antes de ser registro,
vida antes de ser peso, lote, fecha.
La sangre no entiende de contabilidad.
Corre sin cifras,
mancha sin preguntar,
borra la ilusión de orden.
La etiqueta cuelga
como un documento tardío,
un intento torpe de fijar
lo que ya no está.
El cerdo murió dos veces:
cuando dejó de respirar
y cuando su nombre
fue sustituido
por un número obediente.
bottom of page