
En el matadero el tiempo no canta,
solo gotea.
Hierro contra hierro,
puertas que se cierran como párpados sin sueño.
Los cerdos llegan con el miedo pegado a la piel,
un miedo antiguo,
que no sabe de palabras
pero reconoce la crueldad en el olor.
Sus ojos —dos espejos rotos—
preguntan algo que nadie quiere escuchar.
Tiemblan no por debilidad,
sino porque entienden.
Entienden que el pasillo no es camino,
que la espera no es vida,
que el grito se aprende demasiado rápido
cuando el dolor es el idioma dominante.
Y el ser humano,
tan orgulloso de su razón y sus manos hábiles,
mira sin mirar.
Convierte cuerpos en números,
latidos en producción,
vidas en rutina.
La crueldad se vuelve normal
cuando se repite todos los días.
Pero el miedo de esos animales
queda suspendido en el aire,
como una acusación silenciosa.
Porque no hay máquina capaz de borrar
la verdad simple y terrible:
que quien puede ignorar el sufrimiento ajeno,
aunque no grite,
aunque no muerda,
aunque no sangre…
ya ha cruzado una línea invisible
donde la humanidad empieza a perderse.