
El cuerpo avanza sin resistencia,
la carne entiende antes que la palabra.
No hay forcejeo,
no hay súplica,
solo el peso exacto de lo inevitable.
El cerdo ya no lucha.
Ha dejado el miedo en otro pasillo,
en otra versión de sí mismo
que nadie recuerda.
Ahora se deja llevar
como se deja caer la noche.
Y entonces ocurre algo extraño:
los humanos miran
y algo se quiebra al revés.
Esperaban ruido,
temblor,
una confirmación de su poder.
Pero el animal no sufre.
No concede ese espectáculo.
Acepta.
Algunos aprietan los dientes,
otros tensan las manos,
porque la calma del cerdo
les devuelve una imagen insoportable:
la de una violencia
que ya no tiene a quién dominar.
La rabia nace ahí,
no por lo que muere,
sino por lo que deja de doler.
Porque cuando el sufrimiento se retira,
cuando incluso la víctima descansa,
queda al descubierto
lo único que aún grita en la sala:
el vacío humano
frente a una muerte
que no les pertenece.