
En el gran pasillo,
donde la luz es un rumor cansado
y el aire huele a hierro y a miedo viejo,
camina el cerdo sin nombre.
Sus pasos resuenan blandos sobre el suelo frío,
como si la tierra misma dudara en sostenerlo.
No sabe de finales,
solo de empujones, de paredes que no responden,
de un murmullo constante que no es voz ni viento.
El pasillo no promete ni amenaza:
simplemente avanza.
Y en esa marcha obligada, la vida se reduce
a un presente estrecho,
a la respiración que entra y sale
como una pregunta sin respuesta.
Piensa —si pensar es recordar el sol—
en el barro tibio, en el peso amable del cuerpo al descansar,
en un tiempo donde el mundo tenía bordes suaves.
Aquí, en cambio, todo es recto, mecánico, ajeno.
La vida se vuelve espera,
una espera oscura,
donde lo desconocido camina delante
y el corazón late
sin saber por qué.